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Evolución de los insectos

Eristalis sp.

Una curiosa forma de ver a los insectos
Vivimos en la era de los insectos, y esta no es una afirmación gratuita. Los números hablan por sí mismos. Los insectos representan cerca del 85% de las especies animales. Del 1.312.000 que conocemos hoy en día, 1.032.000 son insectos. Si además se cuentan las 250.000 especies vegetales computadas, los insectos por sí solos constituirían el 70% del mundo vivo (Ferron, 1993). Esta sorprendente realidad, difícil de asimilar por nuestra concepción antropocéntrica del mundo en el que vivimos, nos lleva necesariamente a plantear otras cuestiones como ¿Dónde? ¿Cuándo? O, mejor aún, ¿Qué claves han llevado, evolutivamente hablando, a tan elevado desarrollo biológico?

Para responder a estas preguntas el hombre cuenta como arma el estudio de los restos de actividad biológica del pasado, los fósiles (estudios paleontológicos) la morfología comparada y la embriología.

El registro fósil conocido abarca unas 800.000 especies, de las cuales más de 90% está constituído por organismos marinos con esqueleto (corales, moluscos, braquiópodos, etc.). El número de taxones continentales es muy inferior, y, sobre todo, la proporción de organismos de cuerpo blando representada en el registro fósil es tan reducida como casi podríamos decir inexistente. (López Martínez, M.). Ejemplos de este tipo de yacimientos, aplicados a los insectos fósiles los tenemos en el ámbar del Cretácico Superior de Nueva Jersey (E.E.U.U.), del Eoceno-Oligoceno del Báltico, en las calizas litográficas del Jurásico Superior de Solnhofen (Baviera, Alemania) y del Molsech, en cenizas volcánicas del Mioceno de Florissant (Colorado, E.E.U.U), en margas lacustres del Oligoceno o Mioceno o en las pizarras hulleras del Carbonífero.

En algún caso también pueden encontrarse trazas de su actividad: agallas y hojas roídas, galerías trazadas por las larvas en la madera o debajo de las cortezas, huellas de reptación, alimentación etc. o huevos adheridos a otros organismos.

El estudio de los insectos fósiles nos ha ilustrado considerablemente sobre su evolución y filogenia, pero casi nada nos aclara sobre el origen de estos artrópodos, siendo necesario recurrir a otros argumentos, su morfología comparada y embriología, para resolver este problema.

Como es sabido, la clase Insecta o Hexápoda se divide en dos subclases por las similitudes/diferencias entre la fase larvaria y la adulta: Apterygota y Pterygota; y estos dos últimos, a su vez, en dos grandes grupos de acuerdo con la forma de originarse las alas Endopterygota y Exopterigota. Cada uno de estos grupos comprende a su vez varios superórdenes, órdenes y subórdenes.

Los insectos fósiles más antiguos conocidos son los Colémbolos del Devónico, orden de insectos apterigógenos de pequeño tamaño, desprovistos de alas, y con ojos compuestos qu eno presentan metamorfosis y se alimentan de tejidos vegetales en descomposición; es decir, son formas ya muy especializadas que deben estar muy alejadas del origen del grupo. Los insectos provistos de alas aparecen "de improviso" en el Namuriense (Carbonífero) sin que hasta ahora se hayan encontrado sus predecesores ni formando transición con los insectos apterigógenos.

Un hecho parece cierto: los apterigógenos han precedido a los pterigógenos. Por ello, de las diferentes teorías propuestas sobre el origen de los insectos, la que goza actualmente de más partidarios es la que se basa en las afinidades existentes entre los Dipluros y ciertos Miriápodos, los Sínfilos, cuya única diferencia está en la disposición de las aperturas genitales: opistogonados los insectos y progonados los sínfilos, carácter que la embriología de estos últimos demuestra como secundario o derivado.

Las alas aparecen como expansiones laterales de los segmentos torácicos (en los insectos pterigógenos) pero sólo dos pares llegan a ser funcionales para el vuelo. Los insectos alados más antiguos, los Paleodictyópteros, tienen aspecto de libélulas: con dos pares de alas iguales, extendidas horizontalmente en reposo y que no se pliegan sobre el abdomen. Tenían aparato bucal masticador (probablemente eran carnívoros) y metamorfosis sencillas. Su máximo desarrollo correspondió al Carbonífero Superior, cuando alcanzaron en algunos casos un tamaño similar al de una gaviota actual.

La segunda etapa en la evolución de los insectos corresponde a la aparición de articulaciones complejas en la base de las alas, que les permiten plegarlas hacia atrás sobre el abdomen como en la mayoría de Neurópteros actuales. En un estado más avanzado de su evolución, las alas se pueden plegar en forma de abanico (como en los Ortópteros) y pueden presentar articulaciones transversales suplementarias que permiten plegarlas debajo de los élitros (como en los Coleópteros), lo cual puede observarse ya en algunos insectos paleozoicos.

La tercera etapa, la más decisiva porque permitió la conquista de nuevos ambientes ecológicos, consistió en la adquisición de un desarrollo postembrionario complejo (insectos endopterigógenos) con un estadio larvario muy distinto del adulto que corresponde a los órdenes más modernos: Coleópteros, Lepidópteros, Himenópteros, Dípteros, etc.

Una última etapa de la evolución corresponde a la aparición de insectos complejos en relación con la producción y cuidados de la prole y al desarrollo de conductas "sociales" e instintos de extraordinaria complejidad. La aparición de plantas con floración (angiospermas) durante el Cretácico Inferior parece ser el desencadenante de esta segunda gran radiación de insectos, de donde surgieron nuevos grupos como las mariposas, polillas, hormigas y abejas. La interacción no fue son embargo unidireccional. Las plantas con flores dependían de estos grupos de insectos para llevar a cabo la polinización. Las flores, en realidad, con su profusión de colores y sus complejas formaciones de pétalos y estructuras reporductoras en el centro, adoptaron esta forma justamente para atraer a los insectos polinizadores. De este modo la evolución de flores y bayas corre en paralelo con la de los insectos polinizadores desede hace unos 130m.a. En el Oligoceno, los insectos habrían alcanzadoya un desarrollo equivalente al actual, como lo atestiguan los fósiles hallados en el ámbar del Báltico.

Bibliografía
- Ferron, P. (1994): Vivir con los insectos. Ed. Debate. Madrid. Págs.: 8, 20-24.
- Gould, S.J. (1993): El libro de la vida. Ed. Crítica. Barcelona. Págs.: 156-157.
- López Martínez, N. y Truyols Santonja, J. (1994): Paleontología. Ed. Síntesis. Madrid. Págs.: 33-34.
- Meléndez, B. (1971): Paleontología, tomo I: Parte general e invertebrados. Ed. Paraninfo. Madrid (2ª edición, 1977). Págs.: 555-574.
- Tasch, P. (1973): Paleobiology of the invertebrates. Ed. John Wiley & Son. nueva York (2ª edición, 1980). Págs.: 605-624.